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HOMENAJE A ENZO FANTINATI


El Quinto de la Cuarteta

Eduardo Trabucco.

Montado sobre una bicicleta suelen suceder cosas inesperadas. Pero pocas como las que vivió el grupo del Ciclo Club Santiago que entrenaba en la ruta del Cajón del Maipo, pocas semanas antes del primer Ciclo Giro Internacional que organizó el Club en octubre de 1981. Escuadras de Argentina, Bélgica, Brasil, Colombia, España, Francia, Italia, Venezuela y Perú se presentarían a la carrera de tres días, con estupendos atletas. Sin embargo, al ciclista que más temían los chilenos era a Gianni Motta, campeón del Giro de Italia y ex compañero en los setenta de Eddy Merck, el mejor corredor de todos los tiempos. Había que esforzar y acelerar la preparación y nada mejor que hacerlo una y otra vez, en el camino cordillerano que iba a ser la primera etapa de la competencia.


Era esa la ruta imperdible, la preferida por todos, ciclistas y entrenadores. Curvas, subidas y bajadas y el Raco viento hambriento que desciende por los filudos vericuetos cordilleranos, comiendo piernas, oponiendo resistencia, mostrando su poder, hasta casi hacer perder el aliento incluso a los más pintados. De tanto en tanto una risotada, un lamento, una respiración agitada o un grito: “paren, paren… se cortó el Potoco”. Sí, se sufría, pero los ciclistas gozaban al mismo tiempo la magnificencia del paisaje, el aire puro limado por los cerros, los rumores naturales que saltan como pez espada de las aguas del Maipo y los sonidos musicales que expelen las ruedas de las bicicletas.

Enzo, el Flaco, el Lucho y el Chago, acordaron intensificar la preparación. Querían jugar un rol digno no solo como atletas, sino también como fundadores del Club organizador y miembros del comité encargado de la competencia. Pedalear a buen ritmo desde Las Vizcachas a San Gabriel cuatro días alternados, era un buen plan.

Un lunes, pasado Guayacán en el kilómetro 30, un ciclista pasó al grupo a una velocidad inaudita.

-¡Eh, vieron eso!, gritó el Lucho que iba en la punta tirando al resto.

-Yo no he visto nada, solo tu rueda, contestó Enzo.

-¡Qué pasa! ¡No bajen el ritmo!, refunfuñó el Chago, mientras el Flaco estaba seguro de haber sentido una ráfaga como el Raco pero a la inversa que lo empujó de la espalda. Las bicicletas se cimbraron como si hubiera pasado un huracán sin respetar el metro y medio.

Comentaron poco el asunto porque no estaban seguros de haberlo vivido. El campeón de Italia se acercaba y pensaron que tal vez los nervios y la ansiedad les hacían ver espejismos coloridos, delirantes, algo fétidos.

Dos días después, llegando al Melocotón, alguien se le puso a rueda a la cuarteta. Esta vez el Chago pedaleaba en la punta. Inmediatamente tuvo la sensación de que le agarraban el asiento.

-¡Ya poh huevones, no me hueveen! Un olor apestoso hizo que todos tosieran casi al unísono. El Flaco se empinó la caramayola. Enzo clarificó su garganta y se puso a cantar el grito de los tiroleses. Lucho que iba al final, torció la cabeza y vio a un señor unos treinta años mayor que él, con una vestimenta extrañísima. Algo como un cordel flameaba a la coda del grupo. Un sentimiento indefinido se apoderó de su ánimo. Giró su cabeza nuevamente y observó que el hombre vestía unos zapatos anchos y en la cabeza en vez de casco lucia un sombrero redondo con una escarapela tricolor. Le miró los ojos y algo parecido al fuego iluminó una sonrisa socarrona, inquietante. Lucho estupefacto esta vez, enmudeció y creyó que no sería capaz de mover las bielas. Se sintió mareado. Cambió el desarrollo y votó el plato. Empezaron a subir el muro que anuncia San Alfonso. El desconocido sentado sobre el sillín los sobrepasó con tal facilidad que al llegar al plano ya no lo distinguían a 500 metros de distancia. En la plaza del pueblito decidieron parar. Se miraron y se dijeron que si un tipo como ese, viejo y sin indumentaria ni bicicleta adecuada, los dejaba pagando, no tenían nada que esperar del resultado de la competencia internacional. “Gianni Motta nos va humillar”, aseguró Enzo cabizbajo. El Lucho no se atrevió a contar su experiencia. “¡Oh!, esa mirada”. Desmoralizados pero tenaces, decidieron seguir. Al llegar a San Gabriel a 1300 metros de altitud, regresaron de inmediato. Ni siquiera orinaron.

A la semana siguiente se repitió la escena. Cerca del Melocotón y en la misma subida, el viejo ciclista, los sobrepasó a un ritmo fuera de lo normal para un ser humano. Ahora sí todos se inquietaron a un punto tal que tuvieron que llamar al Chincol y al Pelayo para que vinieran por ellos a recogerlos en la Van. Esperaron donde el Eduardo, un boliche de San Alfonso a la vera del camino, que tenía teléfono. Allí, mientras trataban de recuperarse de la impresión paralizante y devastadora, el Flaco le preguntó a un anciano que bebía un vaso de vino tinto sentado en una silla de mimbre en un costado, si sabía de un ciclista que recorría la ruta en una bicicleta roja medio destartalada. El hombre hizo una mueca, encendió un cigarrillo y dijo:

-¡Claro que sé!

-¿Y quién es él?

-¡Es el Diablo! Reaparece cada cierto tiempo, desde que parte del ejército de don San Martín llegó por estos lares y cruzó p´acá desde Argentina para ayudar al guacho. Hay veces que el maldadoso viene convertido en mono grande, como un gorila, dijo el hombre y tiró un escupitajo sobre la tierra.

-¿Pero usted cree eso?, se animó a repreguntar el agnóstico Flaco.

-Claro, el Diablo existe. Lo dice la Biblia. Nosotros acá en el Cajón tenemos otras leyendas también. Algunas harto cochinas. Sonrió y dio un sorbo al vaso de vino arrojando luego la colilla de cigarrillo que aplastó con su pie. Pero lo raro-agregó- es que la bestia en vez de montar caballo, monte bicicleta. Esto no lo entiendo, expresó y lanzó una sonora carcajada, mirando a la cuarteta que no atinaba ni sabía cómo reaccionar.

El 10 de Octubre de 1981 uno del grupo vencía a Gianni Motta en la ruta del Volcán y después en las etapas sucesivas, Santiago-Viña del Mar y circuito Pocuro. Todos tuvieron una destacada participación en sus respectivas categorías. Nunca más hablaron del asunto.

Hasta hoy nadie conocía este secreto a cuatro o a cinco, si incluimos al ciclista diabólico.

La historia me la develó Enzo una semana antes de su muerte en una ruta solitaria y luminosa. Al terminarla me dijo: -Oye creo que sería bueno contarle a nuestros socios el encuentro que tuvimos con…no vaya a ser que… 

 

 

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